Muro de la discordia 2

Muro de la discordia

Por Rodrigo Velarde | Opinión Invitada | El Norte

En un Gobierno municipal, con una cabeza que es su Alcalde y un contrapeso que es su Cabildo, los proyectos de obra pública deben ser aprobados por los representantes del pueblo, nunca deben ser una decisión “monárquica”, y mucho menos construirse sin aviso previo, cuando invaden áreas verdes estratégicas y comunes a todos los ciudadanos. Estas obras deben contar con un manifiesto de impacto ambiental.

Estamos sufriendo un caso nunca visto: el que unos pasos peatonales destruyan el camellón ajardinado de la Calzada San Pedro y la tranquilidad de los colonos. Es la avenida ícono o símbolo de la Colonia Del Valle, y está entre las más notables del área metropolitana.

Este proyecto -que el Alcalde Ugo Ruiz prometió ayer que no puede continuar como está siendo edificado- nació muerto desde su concepto.

El autor, Fernando González Gortázar, de Guadalajara, no calculó bien, además de su propia obra, el orgullo y la paciencia del regiomontano.

Verdaderamente nunca creímos que esta parte del proyecto Emblema San Pedro continuaría su huella de pasos a desnivel en cada cuadra y con inusitada celeridad.

Es suficiente soportar un monumento a la vacuidad,  (Monumento a las Banderas) pero no podemos aceptar la destrucción de nuestra principal avenida arbolada.

La transparencia visual es muy importante en este tipo de avenidas, por muchas razones. El espacio es monumental, y ahora se ha partido en dos con altos muros de concreto y así ya no es naturaleza.

Antes el andador o pista aeróbica estaba mimetizado y cerca del jardín, bajo la sombra de un bosque, ahora se pretende andar en las alturas, directo hacia los rayos solares en un clima como el que padecemos en verano.

Eso de andar caminando entre el ramaje del árbol es sueño guajiro, cosa inútil. Su práctica es espectacular en una selva, sobre un andador de cristal; no en este caso, donde los vehículos expiden gases tóxicos directo hacia la altura que pretende tener el andador de concreto de pesadas dimensiones, por no decir tosco.

Esa sección transversal armónica que tiene la avenida, con sólo grandes árboles alineados a cada 16 metros, y que fueron sembrados en 1950, ya ha cubierto con su ramaje casi la totalidad del área. Eso es lo espectacular que hay que resaltar.

Me tocó ser testigo de su plantación, yo tenía 13 años y recuerdo cómo se trasplantaron con grúas ya de 6 pulgadas de diámetro de tronco y con métodos de encapsulado americanos. Esas maniobras crearon en mí un gusto por el paisajismo.

Fue un gran esfuerzo de los fraccionadores, en aquellos tiempos, crear todo el arbolado de la avenida para presentar una imagen de categoría en su proyecto. Todo eso fue redituable: es una delicia caminar bajo esa sombra de árboles que ya tienen más del metro de diámetro en su tronco, y a la vez percibir el aroma del pasto recién cortado.

Hago mención de esto porque en una acalorada junta con arquitectos de la Academia, el autor se refirió a la Calzada como sosa y aburrida. Él pensó que al llenarla de concreto la transformaría en algo bello. O quizá estaría pensando en obtener el Guinness del paso peatonal más largo del mundo.

Su total falta de respeto a la naturaleza contradice su sublime delirio de grandeza. En México y Guadalajara anda pregonando que su obra tiene un recorrido de 4 kilómetros, cuando es un andador de 600 metros que de ninguna manera aceptaremos. González Gortázar cree que las obras se miden por kilómetros. Su obra denigra el paisaje.

No ha llegado a comprender la belleza de la Ciudad y de la Colonia Del Valle, que tiene vistas y puntos focales hacia todas las montañas. Tapar visualmente el Cerro de la Silla con un paso peatonal a todos nos ofende.

No hay aforo peatonal que justifique la obra y eso hubiera aflorado al pedir el estudio de impacto ambiental requerido por ley. Ya existía un andador en buenas condiciones, como en la Calzada Del Valle, el espacio verde más concurrido por deportistas de San Pedro.

Cuando se reúnen personas con las mismas características, se produce un concierto en megalomanía, que aturde a todos los espectadores. De permanecer, la obra será recordada como el “Emblema a lo Superfluo”. (Arbol Sauce Llorón)

El autor es miembro de número de la Academia Nacional de Arquitectura.

rodrigo@velarde.com

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