El arte de la complicación (Un puente atirantado sobre un lecho seco)

El Norte / Editoriales / Opinión

Por: Jorge Longoria

 

Foto tomada por Jorge Longoria

Si de por sí tratar de entender sólo el urbanismo, la arquitectura y la ingeniería es complicado, imagine ahora confrontarlo con la ciudad, su vialidad y sus habitantes; pero si lo quiere ver desde la perspectiva de los complejos, permítame narrarle las peripecias que dieron origen al Arte de la Complicación, derivados de una fábula.

Se cuenta que durante cuatro largos años, recién llegado a Regiópolis donde imperan los canales y los “bulcanes” (m. dícese de posiciones elevadas a punto de erupción), un prestigiado y mal comprendido académico autoproclamado hacedor de reinos quiso enfrentar algo retador, bueno, de tal suerte que a las “ciencias” y sustantivos del párrafo anterior trató al mismo tiempo de aportarle algo estético, escultórico y monumental.

Se propuso el académico romper paradigmas y acentuar hitos y, por supuesto, dotarlos de simbolismo. Al mismo tiempo idealizó cómo embalsar agua de un azul profundo que invitara y fomentara el turismo acuático y la piscicultura… obvia decir que ante este presumible y autopronosticado éxito también buscó cómo elevar la perspectiva de los futuros turistas que seguramente esto atraería, así que para ello pensó en poder llevarlos a un minúsculo mirador a 140 metros de altura.

Una vez madurada la idea con una profunda investigación de mercado, localizó el académico el mejor sitio en la tierra de canales y “bulcanes”.

Encontró apoyo desmedido de sus correligionarios, quienes le dispusieron sus ahorros, con harta plata. Buscó y descartó en primera instancia la posibilidad en algún terruño fuera de la Regiópolis, pensó: “Están tan amolados que no se luciría la idea”, además de no encontrar ríos caudalosos, lagos o grandes cañones aptos para cruzarlos.

Así que, por eliminación, qué mejor que en la alta concentración, por supuesto, en una localidad en la que sus habitantes sean cultos y que se jacten de valorar obras de arte para que puedan apreciar el subliminal resultado de toda la amalgama de premisas anteriores.

¿Se le ocurrió a este personaje alguna idea?, ¿algún sitio? Por supuesto que sí, pero encontró algunos inconvenientes no muy convincentes, tal vez alguna tirantez en su concepto, vaya, nada que no fuera salvable con la justificación de que por fin se haría algo grandotote en el reino.

Si por alguna razón le preocupó al académico el hecho de que su sublime idea de inicio de nuevo siglo fuera criticada (siempre saltan expertos rodilleros aquí y acullá) y sólo por el simplista hecho se había decidido ubicarla sobre el lecho seco de un gran canal, o que de plano porque conectaría una callezota de lobos que va desde una morena avenida ribereña hasta una santa calzada arbolada y congestionada, y aunque esto pudiera afectar en el futuro inmediato su amplio camellón, tampoco fue mayor inquietud.

Si todo lo anterior no le preocupó al hacedor de reinos aunque fuese un poco, entonces de plano, también ignoró de forma olímpica que junto a su gran monumento que permitiría el paso caudaloso de crecientes de hasta 300 metros de ancho (aunque el río tuviera tan solo 165 metros) existiese a escasos metros “aguas arriba” un vado de sólo 90 metros de ancho. Tampoco le debió importar que esté prohibida la vuelta izquierda de la callezota de lobos hacia la santa calzadota, ¡total! No obstante, permanecían algunas dudas, así que para solventarlas le sugirieron sus doctos colaboradores: ¿por qué no construir (a manera de prueba y error) algún puente sobre un canal más corto? Digamos de 20 metros de largo y 3 metros de altura sobre un lecho seco, no importa si su ancho se amplía o si su altura se acorta a 50 centímetros en la primera lluvia, antes al contrario, esto le dará la razón y justificante para un puente sin soportes sobre el maldito lecho que pareciera se esponja a la primer lluvia.

No satisfecho y buscando la perfección, solicitó el académico más pruebas. Bueno, dijo para probar tiempos de ejecución, por qué no hacer dos tunelitos carrancistas de vuelta izquierda continua, que uno se atore en un semáforo y que el otro se ahogue en el carril constituyente de alta velocidad.

También se sumó la idea de comprar una franquicia de pasitos tan nivelados que permitan el encharcamiento de lluvia y que la gente esté al nivel de los carros, por supuesto que habría que repetirlos hasta la saciedad, de tal suerte que la gente pida a gritos algo más elevado, así que cuando “destape” la grandotota idea del nuevo milenio la gente en un acto de unidad le ruegue y le diga: ¡hasta que por fin vamos a cruzar calles por arriba! Lamentablemente, cuenta la fábula que mientras el personaje elucubró la idea de la unidad milenaria entre sus cuates y mientras aprendía a base de prueba y error, ya se le estaba acabando el tiempo. Así que le ocurrió inventar un “fast track” de discurso, mientras tanto, entre los parajes de Chapultepec y del Castillo de Chantilly, a escondidas hacían maquetas y planos porque supongo que la compra de la tierra nunca representó problema alguno, fue asunto resuelto puesto que se pagó al precio que sea, total ya entrado en gastos hasta donadores anónimos de dinero encontró.

Ahora sí, todo estaba listo para la premiere… ah, perdón, una pequeña observación: todo este tiempo pensábamos en 103 detalles agrupados, pero resulta que alguien (nunca falta un aguafiestas) sale con que mi bufete ahora es público, con que existen leyes y reglamentos y encima hay que contar con el visto bueno de un cliente que ahora resulta que se llama Opinión Pública.

La solución fue sencilla: por qué no aprovecharse del puesto del amigo franco de la infancia para que me haga la balona, que me consiga un filántropo benefactor y que le pague por abajo del agua azul profundo a mis 103 cuates. Total algún concreto beneficio habré de encontrarle como agradecimiento, ya que creyó que a su benefactor no le importaría que se mancillara su nombre si algo salía a la luz pública.

Así que todo fue de gane, en 15 ó 19 días se concursó, se falló y se seleccionó la propuesta más ventajosa, y a ganar adeptos al por mayor.

Sin embargo, cuenta la historia que al final el cuento no fue tan feliz. Obstinado como era y habiéndose obtenido el preciado anillo, subió el personaje a lo alto de su mirador de 140 metros, y al ver que sólo podía ver azoteas de residencias y parabólicas y a los costados del vil ducto atirantado, anuncios y más anuncios que tapaban las montañas, le embargó la tristeza al no sentirse comprendido por la comunidad del anillo.

El lago azul profundo se había convertido en un charco de aguas pestilentes, y el otrora camellón de la santa calzada ahora lucía un majestuoso murete de color blanco con tirantes azules, y a cada lado de éste, seis amplios carriles de ida y seis de vuelta, congestionados de lado a lado de carruajes provenientes de tierras lejanas. Claro la vuelta izquierda de la callezota de los lobos se solucionó con un tunelito de flujo continuo.

Al poco tiempo el pueblo que tardíamente se había dado cuenta de lo que le esperaba al final del vil ducto, tristemente emigró al ver que la calzada desapareció, no sin antes haberle propinado un revés al heredero del trono de la Regiópolis. Azulín y azulado, este cuento ha terminado.

(Ante la tragedia, la comedia. Los sitios y personajes son imaginarios, cualquier semejanza con hechos, circunstancias o personajes públicos o privados es mera coincidencia producto de la fantasía del autor).

El autor es editorialista invitado y director general de Long-Tree Consultoría y Desarrollo Inmobiliario, S.A. de C.V.

About Jorge Longoria

Analista Urbano y experto en Planeación Estratégica de Ciudad. Su experiencia en el ámbito urbano datan desde 1981 y se desempeña como Analista, Planificador y Consultor Urbano, además de dictar Conferencias en diversos Foros y agrupaciones profesionales. estudiantiles y organizaciones ciudadanas. Twitter: @JorgeLongoria

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