Regiópolis

El Norte / Editoriales

Por: Mario Anteo

La tradición de Monterrey se encuentra en el futuro. Fue lo que respondió Alfonso Reyes a quienes acusaron al arquitecto de la iglesia La Purísima de querer albergar a Dios en un hangar. Reyes salió en defensa de los planos del artista, alegando que, puesto que los regiomontanos no disponen de legado colonial alguno (exceptuaba Catedral y un tramo del Obispado) Monterrey debía buscar su folclor y tradiciones en el futuro.

Esta defensa de la modernidad la encontramos en muchos lugares de la obra de Reyes. Nuestro paisano gustaba de los adelantos de la ciencia y del arte vanguardista. Admiraba lo experimental e inusitado, y jamás mostró un criterio purista u obtuso ante las novedades, ni siquiera cuando manifestaciones artísticas tan descabelladas como el dadaismo escandalizaban al mundo. Previó los alcances estéticos del cine cuando éste aún no abandonaba del todo el terreno de la mera curiosidad científica, y supo apreciar antes que muchos las posibilidades literarias de la radio. Fue de los primeros en admirar a novelistas tan complicados como Joyce, y tradujo entre otros autores modernos a Marguerite Yourcenar. Lo menciono porque era de Monterrey, ciudad que él consideraba inevitablemente moderna, como si en nuestra idiosincrasia pulsara el gen de la insaciable exploración.

Así pues, no busquemos el folclor de Monterrey en los barrios pintorescos ni en las iglesias barrocas. Carecemos de artesanía indígena y ruinas prehispánicas. Aquí no hay rinconcitos donde las olas hacen sus nidos, callejones con estudiantinas, ni vetustos caserones que evoquen la bonanza minera de otros tiempos.

Bien por la conservación del Barrio Antiguo y la restauración de la Casa de la Cultura. Claro que aplaudimos el apego histórico en los remozamientos de viejas casas y edificios. Si existe una arquitectura norteña, bienvenida. Hay que cuidarla y promoverla. Pero si ya un gobernante barrió con medio Centro para levantar la Macroplaza con su Faro del Comercio y Teatro de la Ciudad, ¿para qué competir con el turismo de Puebla y Guanajuato?

Verdad que en estas latitudes, tan lejanas de la capital virreinal, no recaló el caballero hijosdalgo sino la ralea nómada. Por supuesto, los “llovidos” no se preocuparon de levantar edificios en tierras de “guerra viva”. Tener una casa fija era como decirle a los naturales: “Aquí estoy, fléchenme”. Por eso asombra lo endeble de la primeras alcaldías, apenas unas chozas de lodo y carrizo, según describen las fuentes. Tal espíritu nómada, que advertimos especialmente en la gente de Carvajal, se observará también en siglos posteriores, si bien muchos colonos al cabo preferirán bajarse del caballo para echar raíces.

Durante el siglo por concluir, Monterrey se ha dedicado a construir edificios a toda carrera, como queriendo recuperar el tiempo perdido. Y si en verdad deseamos respirar el espíritu de la época, el estilo de las construcciones no será el colonial ni el decimonónico. Ninguna nostalgia justifica que, con los disponibles adelantos en ingeniería y materiales de construcción, incurramos en el anacronismo “kistch” de la imitación de viejos estilos. Esto si deseamos ser un espejo real de los tiempos finiseculares. Así pues, si no podemos preciarnos de palacios, aspiremos a los rascacielos y las avenidas galácticas.

Aunque es cierto que Monterrey sigue siendo una ciudad chaparra, no por ello es mentira el ansia gótica por llegar a los cielos, que cosquillea a muchos regiomontanos de fortuna. Creo que si los edificios no han decidido estirarse como en Nueva York, no es por falta de ganas ni de ingenieros. La razón acaso sea la mentada crisis económica, que nos sorprendió precisamente cuando todo estaba listo para el despegue de Regiópolis. Sucedió lo mismo que en los frustrados lanzamientos de cohetes, cuando durante la cuenta regresiva, contingencias de última hora frenan los motores, y retorna el cohete al hangar.

De todas maneras el sueño continúa. Regiópolis aguarda el “verde” para acelerar a mil por hora. El regiomontano necesita expresarse a través de lo megalítico y monumental, lo moderno con aires de ciencia ficción. Desde el ya viejo rayo láser del Faro del Comercio hasta el túnel de la Loma Larga, desde un restaurán de mariscos en forma de barco hasta el ciclópeo edificio del Congreso del Estado, pasando por supuesto por el Planetario y la Macroplaza, por todas partes lo descomunal y exorbitante.

Seguramente tras la babélica obsesión por transgredir las leyes de la gravedad y asentar una cósmica huella de concreto, subyace el “pecado” que nos atribuye el sur: el supuesto carácter presuntuoso y pagado de sí mismo, delatado en el mismo gentilicio de “regios”. Los griegos llamaban “hybris” al pecado de la desmesura, por el cual los mortales se comparaban a los dioses. Acaso los regios incurramos en este delito. Enhorabuena la transgresión.

¿Se arregló ya la crisis? Si es así, entreguémonos a los sueños más delirantes, pues está visto que los grandes inventos y las hazañas homéricas nacen a manera de fantasías. Si en el meollo del “yo” regiomontano se encuentra el ansia por asombrar al resto de México, aspiremos a más obras ciclópeas como el túnel de la Loma Larga. Es decir, si la naturaleza no se acomodó a nuestra conveniencia, forcémosla. Ya en los cincuenta, con la canalización del Santa Catarina, obligamos a la brava naturaleza a supeditarse a la civilización. Pues bien, es tiempo de regresar las aguas a su viejo cauce y tener un río primermundista enmedio de la ciudad. Y si la naturaleza envió todas las playas al sur, hagamos entonces una, más salerosa y tropical que Cancún, pues para eso disponemos de la chispa norteña, ¿o no?

Seguramente ríe el lector que conoce el circo de nuestros políticos. ¡Si ni siquiera podemos proveernos de agua o poner en cintura a los delincuentes y los Diputados! Se suponía que para estas fechas el nuevo partido en el poder habría siquiera ya puesto orden en los servicios públicos. ¡Y yo soñando con Ciudad Gótica!

Digamos que, a pesar de nuestros gobernantes, mantenemos el sueño de Regiópolis. Esto siquiera para no defraudar a Reyes, quien por cierto también pronosticó las bodas del industrioso Mercurio y la culta Minerva, en este Monterrey que poco a poco entiende que el dinero, sea poco o mucho, requiere imaginación para circular felizmente.

Mientras escribía lo anterior, llegó a casa un trabajador para recoger el escombro de una obra de albañilería. Le di instrucciones y regresé a la máquina de escribir. Cuando concluyó el trabajo, me mandó llamar a la calle, y ¡cuál no sería mi sorpresa al encontrar un carro de caballos cargando el escombro! Tras recibir su paga, el hombre cogió las riendas, le chistó al caballo y éste partió a duras penas. Los carros (de combustión interna) pasaban zumbando a su lado. Al llegar al semáforo de la esquina, el hombre jaló las riendas para aguardar la luz verde. Cuando apareció ésta, propinándole un sonoro latigazo al animal, el regio trabajador aceleró en la avenida galáctica.

Entonces supe que algo andaba mal en mi editorial. ¿No estaría volando totalmente fuera de la realidad, allá en una nube guajira? Pero bueno, aquí está el texto. Que valga siquiera como el sueño de un regiomontano que ansía un Monterrey a la altura del milenio por venir

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